Esta va de críticas. De críticas porque me da la gana usar el blog en el que escribo para manifestar “públicamente” (y lo pongo entre comillas refiriéndome a las visitas que tenemos últimamente) lo que opino acerca de la cultura de la diversión y el ocio nocturno en Madrid. Después, emitiré mi veredicto acerca de una película que me tenía intrigada desde que vi en un quiosco, en la portada de Vale, que en el interior de la revista te regalaban un póster desplegable de los actores de Mentiras y Gordas desnudos, al más puro estilo Playboy.
Tras una noche de tedioso aburrimiento en una zona de “marcha universitaria”, tomé la decisión de dejar de intentar divertirme, y me limité a observar. Primera observación: “tú no pasas porque no me gusta tu cara”. Eso fue lo primero que escuché cuando me disponía a hacer cola para entrar en una de las discotecas de la zona. Antes de explicarme, quiero aclarar que voy a abstenerme de escribir uno detrás de otro los descalificativos que siguen dando voces en mi cabeza. Bien, la frase que escuché procedía de uno de los gorilas que custiodiaban gloriosamente las puertas del citado garito, e iba dirigida a un cliente del local. Sí, un cliente. Porque cuando abonas una determinada cantidad de dinero por disfrutar de un determinado servicio en un determinado establecimiento, eres un cliente, ¿no? ¡Pues en una discoteca no! En una discoteca eres poco más que la última mierda del lugar, porque primero has de pasar por la criba que unos más que dotados “vigilantes de seguridad” hacen a cada chica, y sobretodo chico que quiere entrar.
Si después de esperar 45 minutos de cola llegas a la puerta y al que la custodia no le gusta tu cara, tus zapatillas o tu peinado, mala suerte chaval, “pero son las normas”. Segunda observación. Si tienes la suerte de pagar la entrada y disfrutar del garrafón (¿he dicho ya que es ilegal?) podrás deleitarte con los amagos de peleas que se producen cada X tiempo “porque me has empujado o te estás acercando a mi novia”. Pero no hay de qué preocuparse, porque los super vigilantes (de 1,90 x 1, 35, como las camas de matrimonio) también custodian el interior del local. Están al tanto de si algún chaval se les queda mirando más de un minuto seguido, y si es así, es el fin del pobre iluso.
Cuando has conseguido llegar reventada a tu autobús, te encuentras con un variopinto grupo de chicos que está esperando, al igual que tú, el transporte que va a llevarte a tu reconfortante cama en un espacio de tiempo relativamente corto. Se sientan de modo que forman un semicírculo mientras sueltan toda clase de improperios que ellos en su etílica ensoñación consideran piropos. Tercera observación: todos fuman dentro de la estación a pesar de estar prohibido, y es algo que me llamó mucho la atención ya que la salida al exterior se encontraba a unos pasos de nosotros, pero además, lo hacían al lado del vigilante (ya sin comillas) que se paseaba de un lado a otro. Creo que econtraban sumamente estimulante el hecho de infringir las normas de forma absurda, y que cuanto más cerca se encontrara el vigilante, la diversión aumentaba de forma directamente proporcional. Ya en el autobús comenzaron un disputa entre ellos en el que la frase estrella fue “me voy a follar a la gorda de tu madre y me voy a correr en el arroz que te vas a comer”. Creo que el volumen de mi Mp3 aquella noche alcanzó su máximo histórico. No obstante, seguiré adelante con mis investigaciones acerca del Homo sapiens del siglo XXI.
Pero pasemos al porno light para adolescentes, por favor. Mentiras y Gordas: genial adaptación a la gran pantalla de una serie de bajo presupuesto que podría emitirse en Antena 3. Después de descubrir que quizá cientos de adolescentes estén viendo colgado en estos momentos en su cuarto el póster desplegable de los protagonistas en pelotas, me metí en cine online y me dispuse a disfrutarla. La trama giraba en torno, básicamente, a los encuentros sexuales de y entre un grupo de amigos, y a sus salidas nocturnas. De las casi dos horas que dura la película, una hora y media están practicando sexo y la otra media esnifando coca, bebiendo y metiéndose toda clase de estupefacientes desde tempranas horas. El mensaje está claro: normalizar una clase de comportamientos que se asocian a la diversión más que a la drogodependencia, y además, dirigirlo a la juventud. Todo acompañado de sexo explícito, claro. Así, cuando vayan a una discoteca buscarán ávidamente lo que los protas de sus series favoritas hacen en su tiempo libre. ¡Ah! Si no tienes dinero para irte de vacaciones, hazte camello, es más fácil.
Alguno puede alegar que la película es “NRM 18″, y que no está dirigida al público adolescente, sino al público mayor de edad. Cuarta observación: tendré que preguntar cuántos años tienen las niñas que compran la Vale.
La madurez no viene determinada por un número. Estamos llegando a una sociedad no recomendada para menores de 18.