Guardé este relato hace tiempo esperando que algún día me pudiera ser de utilidad. Ha llegado su momento.
Llovía a mares. Pero en el último bostezo del atardecer, un sol rojizo se coló entre los nubarrones y el horizonte para vestir de luces el jardín. Salí descalza, movida por el caprichoso deseo de hundir los pies en la hierba. Fue un momento especial que apenas duró un suspiro, y al abrir los ojos un brillo furtivo se me clavó en la mirada. Era una margarita. Parecía tan vulnerable que la cogí por compasión acurrucándola entre mis dedos.
En la cocina preparaba una cena con ingredientes de esperanza. El amor nos cogió a ambos de improviso, ahogando nuestras voluntades con una intensidad de uñas afiladas. Y el tiempo, siempre el tiempo, avivó en mi corazón el escozor de las dudas. Yo lo amaba, con locura. Pero, ¿y él? ¿Me amaba? ¿Podría amarme sin ser él mismo? De un día para otro, las palabras más dulces se derritieron en su boca cerrada, los besos se quedaron a medio camino y las caricias perdieron su cálido sentido. Sobre el mármol, la margarita volvió a lanzar un destello. Tal vez sus hojas me dirían la verdad. ¿Me amaba? O… ¿no me amaba?
Fui deshojando la margarita. Cuando la flor me decía que sí, en mi memoria brotaban recuerdos húmedos, los placeres tantas veces derramados sobre las sábanas revueltas. Y cuando me decía que no, se me aparecían los miedos a no ser correspondida. ¿Me amaba? O… ¿no me amaba?. Cuando la flor me decía que sí recordaba las carantoñas matutinas y los achuchones nocturnos. El roce de las lenguas, las manos trepando por mis muslos de terciopelo, por su espalda de madera. Y cuando la flor me decía que no, me embargaba la pena por las delicias marchitas, por los miembros agarrotados que olvidan la manera con la que se demuestra el querer. ¿Me amaba? O… ¿no me amaba?. La margarita dijo que no.
En la cocina preparaba una cena con ingredientes de desesperanza. Tal vez la margarita acertaba y debía atreverme a sesgar la rutina con un bisturí. Me gustan las despedidas sin sal, con el remordimientos justo para dejar abierta una gatera por donde maullar la ausencia. Tal vez la margarita se equivocaba, y me amaba. Vertí los pétalos en la ensalada. Los puse todos, tanto los que me habían dicho que sí como los que me habían dicho que no. Y esperé su llegada con el apetito ahogándose en el fondo de una copa de vino.
Nuestros labios se rozaron cautos entre las sílabas de un saludo hueco. Sentados uno frente al otro, nos separaba un desierto de arena. Nunca nadie me advirtió que el amor de desgasta al andar como se gastan las suelas de los zapatos. Ignoraba que el amor se endurece y se arruga como la piel de los codos. Le amaba, con la locura de una descreída.
- ¿Qué es esto blanco que hay en la ensalada? -preguntó.
- Hojas de margarita -respondí.
El tenedor arremetió con la fuerza de un arpón y dos pétalos perforados desaparecieron bajo la bóveda de su paladar. Lo observé masticar, ajena por completo al hechizo que producen las hojas de margarita cuando se sirven sazonadas de deseo. Los efectos fueron mágicos. Nos acoplamos como dos mitades e hicimos el amor sobre la mesa, poseídos por una pasión desbocada. Al oído me susurró palabras que no sabía que existían, y tras gozar por los cinco sentidos, nos besamos larga y plácidamente para darnos las gracias por el placer recibido.
La margarita tenía razón: él me amaba…y no me amaba.
El relato está escrito por Josep M. Hernandez Ripoll (Barcelona, 1958), periodista y escritor. Espero que lo hayáis disfrutado tanto como yo.